Arianna Squilloni, escritora y fundadora de A buen paso: “Un buen libro álbum tiene que contener esperanza, abrir puertas, dejar pasar el aire”

20 mayo, 2025

Arianna Squilloni nació en Italia, estudió teoría del pensamiento y filología latina y griega y, desde 2002, vive en Barcelona. En 2008 fundó la editorial A buen paso. Colabora con revistas especializadas y participa en jornadas y debates, en España y otros lugares.  Ha escrito libros álbum como El constructor de muros publicado por A buen paso, y El viaje del calígrafo, Juventud y En casa de mis abuelos, por Ekaré. En el género de novela: El verano de John Silver y también ensayos (En la oficina del editor, Pantalia). En esta entrevista conversamos sobre su pasión por el libro álbum, sus proyectos y experiencia como autora de literatura infantil  y juvenil.

¿Cómo empieza tu vínculo con la literatura infantil y juvenil?

De manera casual. Había estudiado gestión editorial y me había ocupado de libros técnicos, guías de viaje y también de la corrección de novelas. En 2002 llegué a Barcelona y empecé a trabajar como correctora en Thule ediciones. José Díaz, el director, estaba a punto de lanzar una colección de microliteratura cuando se topó con The Stinky Cheeseman and other Fairly Stupid Tales de Jona Scieszka y Lane Smith. José se enamoró del libro, y yo también. Lo ayudé a negociar los derechos de traducción al español y ya no hubo vuelta atrás. Me enamoré de los álbumes, empecé a buscarlos, leerlos, disfrutarlos y estudiarlos. 

¿Recuerdas algún libro que te haya marcado especialmente de pequeña? 

Oh, sí, era un libro muy económico, un librito grapado que me había traído mi papá: Las nietas de Baba, un libro en que la anciana Baba se enfrenta al lobo tan solo con su astucia. Mi mamá decía que a mis tres años, cuando aparecía el lobo temible, yo empezaba un baile con ella y con el libro. Le suplicaba que cerrara el libro, no quería ver al lobo, pero –acto seguido– le pedía que abriera una esquinita, me estaba haciendo amiga del miedo. Esa edición era de principios de los años 70, no había ninguna mención de derechos de autor, y tan solo se apreciaba que la ilustración tenía cierto aire eslavo del este de Europa. Hace pocos años, en Barcelona, conocí a Ina Hristova, una ilustradora búlgara que actualmente vive en México. Le enseñé el libro de mi infancia y ella me dijo enseguida que no solo se trataba de un cuento popular búlgaro, sino que además su abuelo se lo contaba cuando ella era pequeña. No tuve más remedio que pedirle que escribiera e ilustrara ella una nueva versión del cuento para mi editorial, A buen paso.

¿Qué calidad crees que debe tener una persona que quiera escribir o ilustrar libros para niños y niñas?

Creo que tiene que ser una persona apasionada por la vida y el juego. Tiene que tener ganas de observar el mundo a su alrededor y, sobre todo, a niñas y niños. Tiene que tener una mirada curiosa y amar abandonarse al ejercicio del extrañamiento. Tiene que tener ganas de contar historias, buenas historias, esas historias que no te dejan en paz hasta el momento en que toman forma. Historias que tienen sentido en sí mismas, capaces de ofrecer una mirada poética sobre el funcionamiento de las cosas del mundo y de la vida.

¿Cuáles son los desafíos de tener una editorial propia?

Llevar una editorial como A buen paso significa que tienes que lidiar con la logística, la administración y un día a día hecho de varias complicaciones que poco tienen que ver con la naturaleza de las historias, sino con los engranajes que hacen posible que un libro se mueva de un lugar a otro y encuentre sus lectores. Para hacer realidad un sueño, hay que tener los pies bien plantados en el suelo. Esto es algo que siempre hay que tener en cuenta. 

Además de ser docente y editora, has creado libros para niños y jóvenes, ¿cómo te inspiras para cada proyecto?

Suelo trabajar a partir de anécdotas personales, accidentes y hallazgos que despiertan mi curiosidad y que me llevan a preguntarme por la historia que se esconde detrás de ellos. A veces se trata de semillas que se quedan esperando en mi mente hasta que algo las hace brotar. Otras veces, me empujan a investigar, a documentarme y recorrer caminos con los que no había contado. Si me conducen a un hallazgo, entonces tengo que salir y explicárselo a todo el mundo.

¿Tienes un favorito entre tus libros?

Eso es difícil, pero diría que El constructor de muros. Es un libro pequeño que cuenta una fábula pequeña. Lo hace con contadas palabras y sin embargo se abre a infinitas interpretaciones. Yo lo escribí con una idea clara en la mente y, después de que Decur lo ilustrara, al empezar a escuchar las reacciones de los lectores, me di cuenta que no tenía idea de la historia que había contado. A través de los comentarios de sus lectores descubrí que este libro era mucho mejor de lo que pensaba, que contaba una historia mucho más valiosa de lo que había imaginado. Descubrí que este libro les habla a niños, adolescentes y adultos del largo camino que a veces necesitamos recorrer para aprender a estar a gusto con nosotros mismos y con la vida que vivimos.

En Bajo las piedras trabajaste con la ilustradora Laia Domènech y en El viaje del Calígrafo, con Samuel Castaño Mesa, ¿cómo se desarrolló el diálogo entre escritura e ilustración?

En realidad, cuando una persona está ilustrando un texto que he escrito yo, deseo que trabaje en completa libertad. Es más intensa la fase en que le propones a una persona que ilustre tu libro. Si lo haces es porque crees que algo en su manera de mirar podrá conectar con las palabras de tu historia o de tus poemas. Pero, cuando ya sabes quién ilustrará tu libro, entonces esta persona construirá su propio mundo de ficción y, a lo mejor, le dará a tu historia capas de sentido con las que no habías contado.

¿Qué elementos  crees que debe tener un buen libro de literatura infantil y juvenil?

Tiene que tener algún elemento curioso, algún elemento que despierte la mente investigadora del lector y que no desvele su naturaleza desde el principio, sino que invite a seguir pensando en él. Tiene que contener esperanza para que sepamos que lo que hacemos es importante y que podemos cambiar el mundo al menos a nuestro alrededor. Tiene que abrir puertas, dejar pasar el aire.

¿Cómo te vinculaste con ONG Libroalegre?

Un día me escribió María Antonia, alguien le había hablado de mí. Empezamos a escribirnos por email y nos vimos a través de la pantalla para un taller que espero que para las persona que asistieron haya sido tan entusiasmante como lo fue para mí. En Libroalegre lleváis a cabo un trabajo apasionante y admirable.

¿Qué nuevos proyectos editoriales o de autoría tienes en mente?

Siempre hay muchos proyectos que bailan por la mente, algunos proyectos que llevan un tiempo acompañándote y esperan el momento adecuado para tomar forma. En este momento estoy a punto de publicar en A buen paso un libro escrito por mí e ilustrado por Marco Chamorro. Se trata de Cara de Hollín, es un mito Tsimshian, un pueblo que vive en la actual Columbia Británica, en Canadá. Lo adoro porque contiene símbolos con los que puede relacionarse cualquier ser humano, no importa de dónde venga; lo adoro porque, a través de una historia aparentemente extraña, habla del largo camino que recorremos para convertirnos en personas responsables que abrazan la vida y sus cargas con amor y consciencia. Lo adoro porque, a pesar de las apariencias, es un cuento que acaba bien, como muchas cosas que nos pasan en la vida.

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