En un ecosistema editorial donde la velocidad y la producción masiva parecen marcar el ritmo, el trabajo de Katia Guaquiante se sitúa en otro lugar, más lento, íntimo y profundamente ligado al oficio artesanal. Ilustradora, docente y creadora que transita entre lo textil, la narración oral y el libro-álbum, su obra se construye desde la experimentación y el cruce de lenguajes, siempre en diálogo con la educación artística.
En esta conversación, Katia recorre su trayectoria —desde la autogestión de sus primeros libros hasta la exploración escénica con Pájaras en vuelo— y reflexiona sobre los procesos creativos, el lugar de la ilustración en la literatura infantil y juvenil, y su más reciente proyecto: un libro nacido desde la tela, la memoria y la experiencia del duelo. Una propuesta que, como ella misma dice, invita a habitar “un mundo lento”, donde el dibujo y la escritura se entrelazan con la naturaleza, el silencio y la observación.
¿Cómo nace el colectivo pájaras en vuelo del que formas parte?
Somos dos personas. La Sara, que es actriz y yo, profesora de arte. Partimos en el 2018 y nos conocimos formándonos en el 2017. En el año 2018 empezamos a explorar distintos formatos de cuentería y dimos con la Crankie Box (“caja gruñona” en español), que se convirtió en nuestro sello. Tiene un mecanismo con dos ejes verticales y adentro va un lienzo que puede ser de tela o de papel, y que puede girar horizontal o verticalmente para contar la historia e ir pasando las imágenes.
Tenemos trabajos en tela y en papel y hacemos lienzos de entre 8 o 15 metros; es como mirar un mural largo, que narra la historia a través de imágenes continuas. También trabajamos con tapetes, textiles y hemos desarrollado narración oral escénica, mediación, lectora y artística, porque vemos que es importante hablar de los procesos que hemos tenido creando esos largos lienzos.
¿Y como comienza tu vínculo con la literatura infantil y juvenil?
Siempre me gustó leer, me gustaba escribir. Tenía distintas vetas, pero sentía que en ninguna profundizaba tanto. Cuando estaba haciendo un intensivo de juguete popular en México, uno de mis maestros, Álvaro, me decía que sería muy bueno que tomara la decisión de dedicarme solo a una cosa para ser realmente buena. Pero no estoy de acuerdo, creo que las personas podemos ser muy complejas y tener muchos intereses. Y la vida es larga para desarrollar todo lo que queramos.
Luego, una amiga muy querida, Lina Peralta (estaba en Barcelona haciendo un doctorado e incursionando en la literatura infantil) me contó que tenía tres cuentos que estaban relacionados con Chiloé y me preguntó si los quería ilustrar. Así nació Cuentos con Aires Chilotes. Un diseñador nos armó el libro y lo postulamos a un fondo de creación. Lo autoeditamos entre 2015 y 2016. Fue mucho aprendizaje y mucho trabajo, hicimos todo lo que implica hacer un libro, entre dos personas. Fue súper desgastante y nutritivo a la vez.
¿Recuerdas algún libro que te haya marcado especialmente de niña?
El Principito, sin duda. También leía cosas bien adelantadas para mi edad, como Los hermanos Karamázov a los 12 años. Y tengo muy presente la tradición oral, mi abuelo era un gran narrador, siempre nos contaba muchos cuentos. Recuerdo uno que pedíamos mucho con mis hermanas: “La princesa de los juncos”. Era una historia de reivindicación, en la línea de “El patito feo”, pero en versión princesa.
¿Qué elementos crees que debe tener un buen libro de literatura infantil o juvenil?
Debe invitar a explorar con curiosidad, no dar todo hecho ni ser moralizante. Eso es súper importante. No decir esto está bien, esto está mal, sino que abrir espacio para imaginar. Si bien he escrito cosas, no tengo formación en escritura, pero me gusta mucho leer. Creo que soy más consumidora de libros que hacedora de libros. Igual que de imágenes. Soy súper consumidora de imágenes. Pero creo que es importante que inviten al lector a hacerse su idea del libro.
Especialmente me encanta la poesía, por sus múltiples interpretaciones, tiene un ritmo y no propone una idea acabada. Me encantan Cuando fuiste nube y Un mundo raro, ambos de María José Ferrada.
Este año ganaste la beca de creación del Fondo del libro con un proyecto escrito e ilustrado por ti.
Sí, la idea nace como una crankie box. Es un cuento que empecé a ilustrar en máquina de coser. Y a medida que iba armando las imágenes, iban saliendo las palabras. Fue un proceso súper distinto a otros procesos que había realizado. Es un lienzo de casi 20 metros que he narrado más de cien veces. Una historia sobre la muerte, pero muy viva. Se va transformando con el público, con sus reacciones.
Después quise llevarlo al formato libro, manteniendo el trabajo textil. Para postular, hicimos fotografías cenitales del lienzo completo. Lo presenté tres veces: las primeras dos lo rechazaron y la tercera fue seleccionado. Y casi no hice cambios, lo que también te habla de lo subjetivo que es todo. En el proceso de este año voy a rehacer algunas imágenes, quiero rehacer la portada, enfatizar el trabajo manual bordando con bastidores.
¿De qué trata la historia?
El Jardín Violeta se llama el libro. Es sobre la pérdida, el duelo, la muerte. Es la historia de una niña pequeña que vive al lado de la abuela y pasa mucho tiempo con ella. Se acompañan un montón, conversan harto y cuidan un jardín muy lindo que tiene la abuela y que se ve desde la ventana de la casa de Violeta. Hablan con las plantas, las riegan y el jardín marca el vínculo entre las dos. Un día la abuela se enferma y Violeta la va a cuidar. Pasa el tiempo y la mamá le dice que la abuela ya no está más, que empezó un viaje, que ya no le duele el cuerpo y que se transformó en una garza. Violeta no está contenta, no ace
pta la muerte de la abuela. Vive la pena desde su lugar de niña, sin entender tanto, pero se empieza a abuenar con esta idea de transmutación, de que la abuela está en otro lugar al final y está mejor.
En el 2022 salió la primera idea, el año que murió mi abuela; un poco antes habían atropellado a mi gato afuera de mi casa, y en agosto murió mi papá. Me tocó vivir la muerte de manera muy fuerte y también con un deseo muy como de niña, que quiere creer que hay algo más, que no somos sólo esto. Tampoco intento decirle a la gente que crean en algo más allá de la muerte. Porque ¿quién soy para hacer eso? Pero a mí, al menos, me ayuda a vivir mi propio duelo.
¿En qué otros proyectos de ilustración has participado?
Después ilustré Mi Papá no tiene pelo, lo hicimos y lo presentamos al concurso de Chile Crece Contigo y ellos hicieron una edición digital que quedó súper bonita. Y también Un botón perdido en la biblioteca, que se editó en Bolivia, ambos son textos de Lina Peralta. Otro es Crónicas de la cuadrilla, que son cuentos para adultos, y el libro Humedales de la editorial Vuelo sur, microeditorial que se dedica a lo textil.
También soy parte del proyeco “Proplegables”, una publicación tipo fanzine que promueve la flora nativa y juega con los pliegues, generando volumen al desplegarse. Mi rol es principalmente como ilustradora, explorando por primera vez el mundo de las plantas, semillas y árboles. No me considero una ilustradora botánica, mis imágenes son más bien sencillas, hechas a mano con lápiz y acuarela; pero hay mucho trabajo detrás: ensayo y error, pruebas que no quedan, decisiones que se afinan. De muchas ilustraciones, finalmente se seleccionan solo algunas. Es un proceso colectivo muy enriquecedor, donde también se hace evidente lo complejo que es diseñar un formato con tantos pliegues y capas.
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Con qué técnicas trabajas?
Todo análogo, todo a mano. Cuando hay que cambiar la más mínima cosa, tengo que hacer todo de nuevo, de cero. Hay momentos en los que me he cuestionado si debería aprender lo digital, y siempre me he dicho que no voy a aprender lo digital, que mi trabajo es análogo, va a ser a mano, va a ser con la máquina de coser, con la aguja, con el papel y la tinta. Me hace mucho sentido , sobre todo en este tiempo. No me gusta la era digital que vivimos, me gusta lo lento. Me gustan también los trazos del lápiz de palito, me encanta cómo quedan esas imperfecciones.
¿Cómo ves el libro-álbum en el Chile de hoy?
En los últimos años ha habido un boom del libro-álbum y de nuevas editoriales, lo que encuentro muy maravilloso. Me gusta mucho también que el ilustrador haya tomado un rol mucho más protagónico y horizontal con quien escribe. Y también que mucha gente de la ilustración se haya pasado al mundo de la escritura. Creo que eso es muy bonito.
Y me parece que los niños pequeños hoy día leen mucho más que cuando yo era niña. Cuando yo era niña, prácticamente no se leía, y las personas que leíamos éramos unos bichos raros.
¿Cuáles son tus ilustradoras o ilustradores favoritos?
Hay grandes referentes en Chile, como la Paloma Valdivia, que es una seca. La Karina Cocq es una tremenda. Son personas que también se plantean en el mundo desde la humildad. Está Sebastián Ilabaca. Y a nivel internacional me encanta Benji Davis, me fascina en Argentina Jael Frankel, y también hay una chica que hace ilustraciones con papel calado, Paz Tamburrini, que tiene un personaje que se llama “Diminuta”. Encuentro súper atractiva la ilustración cuando sale del formato papel tinta o papel pigmento, cuando son collage, tela.
¿Cómo conociste la biblioteca Libroalegre?
En unas capacitaciones para profesores de Lenguaje en el Liceo Marítimo, donde trabajaba en gestión cultural escolar. Ahí me encontré con el equipo y me llamó mucho la atención su trabajo, su mirada sobre la infancia y la literatura, y también su forma de gestión.
Nos vinculamos sobre todo a través de la revista Calcetín con papa, que en ese tiempo impulsaba iniciativas muy bonitas, como el intercambio de cartas con niños privados de libertad. Me parecía muy potente esa forma de generar vínculos y comunidad desde la lectura y la escritura. Tomamos esa metodología en el colegio y desarrollamos una revista escolar durante varios años, con una lógica muy participativa: los estudiantes escribían, editaban, corregían y diseñaban. Fue un proceso súper significativo, muy coherente con esa idea generosa y abierta que yo veía en Libroalegre.
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Pezoa Véliz con Vargas Stoller, al interior del CESFAM Puertas Negras.
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