Voces: Sara Bertrand: “Imagino que nos hacemos lectores cuando un libro nos habla al oído”

29 septiembre, 2026

Voces: entrevista a Sara Bertrand

Sara Bertrand, lectora y escritora, estudió Historia y Periodismo en la Universidad Católica de Chile. Ha desarrollado una extensa trayectoria vinculada a la literatura infantil y juvenil, como autora, docente y tallerista, y es nuestra nueva invitada en Voces para conversar sobre los libros que nos transforman, la lectura como espacio de encuentro y su propia relación con la escritura.

Su obra ha recibido reconocimientos dentro y fuera de Chile. En 2017 obtuvo el New Horizons Bologna Ragazzi por La mujer de la guarda, libro que posteriormente recibió el sello de distinción de la Cátedra UNESCO en Brasil. No se lo coma fue incluido en el catálogo White Ravens y Manifiesto literal, mujeres impresas recibió la Medalla Colibrí de IBBY Chile en 2019. Más recientemente, Álbum familiar obtuvo el Premio CANIEM al Arte Editorial en México y La memoria del bosque fue reconocida por el Banco del Libro de Venezuela.

Este año, Sara fue además la primera invitada de “Libros que tocan”, el séptimo ciclo de Casas Lectoras de Libroalegre. En su encuentro abordó Mi pequeño, de Germano Zullo y Albertine, como punto de partida para reflexionar sobre las narrativas de la maternidad, sus ficciones y las nuevas y viejas formas de contarla.

En esta conversación, Sara nos comentó sobre los libros que han marcado su vida, la lectura como experiencia de encuentro y diálogo, su relación con la escritura y las posibilidades de la literatura infantil y juvenil. Una conversación sobre los libros, la escritura y la lectura como una forma de escuchar y ver a otros.

¿Qué posibilidades encuentras en la literatura infantil y juvenil que quizás no están en otros tipos de literatura?

Excepto el hecho de que, en general, como lectores, las niñas y niños me caen mejor que los adultos, no me parece que existan posibilidades que se den en unos libros y en otros no.

Para ambos públicos hay un montón de libros prescindibles, mucha basura, mucho libro de auto ayuda, algunos que tocaría releer varias veces antes de matar un árbol para publicarlos. También para ambos públicos lectores existen libros de moda, temas de moda, en fin, cuestiones que vaya uno a saber por qué, los editores deciden que es lo que se debe leer. A mí me encantaría conocer de qué está hecha la materia de un editor, porque es un oficio de lo más extraño. Pocas veces conoces sus motivaciones más profundas, quizás sea vender libros, me refiero a muchísimos libros, pero hay libros que no se venden y son lo mejor que se ha escrito, entonces, el criterio imagino es ir tanteando, un poco a ciegas, jugársela por autores jóvenes, curiosos, miembros de grupos particulares e identificables, de modo que sea leído por esos lectores. No lo sé. De todos modos, eso no tiene nada que ver con literatura. La literatura está en otra parte y cualquier niña o niño se da cuenta de inmediato.

¿Hay algún libro que recuerdes especialmente porque haya cambiado tu manera de mirar el mundo?

Uy, no puedo pensar en un solo libro porque sería amputar mi biblioteca y desconocer el hecho de que gracias a esos muchos libros que fui escogiendo, leyendo, subrayando y con los que sostuve largas conversaciones, porque un libro siempre es una oportunidad de diálogo, aprendí a mirar el mundo de otra manera.

Gracias a mi biblioteca comencé a tomar cierta distancia, respirar, uno, dos, tres, antes de abrir la boca para decir cabezas de pescado y a ponderar juicios y opiniones. Porque ciertamente vivimos presos de nuestras unicidades, nuestros egos, y requiere tiempo y voluntad salir de uno mismo para escuchar y ver al otro, para ejercitarnos en la lectura, que es otra forma de escuchar y ver a otros.

Cualquier biblioteca tiene ese potencial, traernos el mundo, acercarnos a lo distinto y, sobre todo, descubrir que no somos ningún centro de ningún universo, sino todo lo contrario, somos parte de un todo, seres vivos que nos relacionamos con otros seres vivos en una realidad caótica y en movimiento en la que debemos aprender a nadar con suficiente elegancia como para pensar por nosotros mismos y hacer lo que buenamente podamos con lo que tenemos.

¿Qué libros te han acompañado en distintos momentos de tu vida y has vuelto a leer con otros ojos?

Estoy en un club de relectura de clásicos y en las primeras sesiones me di un gusto grande en el sentido de tu pregunta, porque pude proponer un par de libros que quería releer, no porque me hubiesen acompañado en distintos momentos de mi vida, sino porque fueron parte de mi formación. Por ejemplo, Los hermanos Karamázov, lo he contado muchas veces, mi abuelo Jaime me lo regaló cuando tenía, creo, diez años y aunque abrí el libro e intenté leer, no entendí nada, al menos, nada que recuerde. Pero luego, a los veinte, sí lo leí y me reí a gritos con Fiódor Pávlovich, sobre todo, me gustó mucho la forma en que Dostoievski estructura el relato de esta familia y eso me llevó a leer a otros rusos durante un largo y disfrutado tiempo.

Otro de los libros que releí fue Las olas, de Virginia Wolf. Ese libro lo leí a los veintitantos y cuando lo terminé pensé, igual que Ratatuille, que cualquiera podía escribir, no tengo idea por qué una prosa compleja y tan elegante como la de la Wolf me pareció accesible, quizás fueron los arbustos o las mareas, quizás fueron los niños, no lo sé, pero creí que podía escribir como ella. Por supuesto que estaba equivocada y fracasé estrepitosamente, pero al releerlo entendí que en ese libro existe un universo que corre a un costado de la escritura y que le da mucho peso. Capas de miradas, algunas muy profundas; otras inquietantes; puertas que quedan abiertas, otras que se insinúan. En fin, es un libro de una contundencia incontestable.

¿Qué significa para ti que un libro “toque” a un lector o lectora? ¿Cómo te inspira esto?

Imagino que nos hacemos lectores cuando un libro nos habla al oído, cuando dialoga íntimamente con nuestras alegrías y pesares. Imagino que eso es que te “toque”.

A mí me gusta pensar en una relación de a dos, porque realmente es cuando ocurre la lectura. Como una especie de corriente eléctrica, de pronto, ese libro deja de ser cualquier libro y se transforma en experiencia vivida, en rincón, refugio. Y eso sí que es adictivo. Ahora, al momento de escribir no pienso en ese tipo de conversación porque si no, no escribiría nada o escribiría puras leseras. No, al momento de escribir lo que está en juego es cierto tema que me obsesiona de una manera que –siento– es perentoria, si no lo escribo, me muero o se formará un cráter en la mitad de la tierra. En fin, algo terrible pasará, algo realmente terrorífico y mi mente comienza a trabajar en pos de ese tema y no puedo pensar en nada más que eso, esa tierna obsesión mía. Por supuesto que alucino, porque escribo completamente segura de que ese nuevo libro, esa nueva historia, me hará llegar a un puerto majestuoso, de tal manera estoy prendada, que todo lo que tiene relación con ese tema, me raya. Obviamente, no pasaría nada si no lo escribo, lo sé. Pero en ese momento estoy tomada por un delirio de amor verdadero.

Has visto tus libros circular por muchos países y ser traducidos a distintos idiomas. ¿Qué crees que permanece de una historia cuando cambia de lengua y de cultura?

Creo que es una pregunta para los lectores, porque una escritora, un escritor, escribe motivado por algún tema de interés que piensa que tiene potencial de interesarle a muchas personas, es decir, pasar de lo particular a lo general, pero, por regla general, prefiero no leer las traducciones de mis libros, me dan pudor.

Lo que hice una vez y no recomiendo para nada, pues resultó un ejercicio de lo más incómodo, fue traducir uno de mis libros al portugués. Nunca me había sentido más insegura. Primero, porque no soy nativa en el portugués, lo aprendí como segunda o tercera lengua y me encanta, me gusta cómo hablo y me gusta la persona que soy en ese idioma, modulada y con una cadencia tan melodiosa, pero la traducción resultó un trabajo dificilísimo, cuestionaba cada frase, precisamente, porque quería que el libro dijera lo que había dicho en castellano, que fuera esa lectura y no otra. Y después de sufrir un montón, me di cuenta de que era absurdo, porque cualquier libro lleva el germen de ese equívoco, vale decir, ser leído de cualquier manera, porque son los lectores quienes cierran el libro. De algún modo, se termina de escribir ahí, en esa lectura y lo que pase por la mente de ellos, no tiene mucho que ver con la escritora o escritor.

Desde tu experiencia como escritora, docente y tallerista, ¿qué necesitamos hacer para que la lectura vuelva a ser una experiencia de encuentro y no una obligación?

Volver a contar historias, imagino, boca a boca, creer en el poder de la oralidad, esos primeros relatos que nos contamos junto al fuego, por allá, en la era de las cavernas y, por muy lejanos que nos parezcan, la literatura se mueve en ese comidillo, creo que ha sido un error delimitarla al ámbito académico, darle una maquillada de solemnidad, hacerla aparecer como algo sabihondo y lejano, cuando es orgánica y colectiva, además de muy material, porque se escribe con el cuerpo y con las manos, así como se lee con el cuerpo, los ojos, las manos y en ese traspaso, en esos cuerpos que escriben y leen, suceden un millón de conexiones y trazas que son interesantes como experiencia. Y para motivar ese tipo de adicción, no se necesita más que ser una buena lectora o un buen lector.

¿Crees que le falta algo a la literatura infantil que se hace hoy en Chile?

Creo que la literatura infantil y juvenil tanto en Chile como en Latinoamérica está en un buen momento. Evidentemente, si nos comparamos con coreanos o japoneses, que, en mi opinión, son los mejores creadores de libros para niñas, niños, adolescentes y jóvenes en este momento, puede que nos falte algo de sutileza en la narración o apreciar el silencio como elemento integral del relato y de la ilustración, una elegancia que le da ese sentido tan propio, único. O en el “ver aparecer”. Porque los orientales, creo yo, se mueven en el mundo de la literatura infantil y juvenil como si estuviesen produciendo haikus todo el tiempo, esto quiere decir, como si anclaran su universo a la observación desprejuiciada de la realidad. Una observación que, por fuerza de mirar, conduce a descubrir algo extraordinario.

Si tuvieras que elegir un libro que acompañe este momento que estamos viviendo, en Chile y en el mundo, ¿cuál sería?

Depende de las profundidades que cada quien esté dispuesto a habitar, porque los libros, a veces, son como esos problemas matemáticos a que los que toca entrar con ánimo de atleta y mente despejada, por ejemplo, el libro de Jonas Mekas, Ningún lugar adonde ir, que reúne sus diarios en el exilio (estuvo prisionero en distintos lugares de Europa durante la Segunda Guerra), nos conduce a espacios oscuros, pero que resultan sumamente luminosos a la postre, precisamente por la miseria que revelan. Esa máxima de que uno aprende más de sus errores y fracasos que de los aciertos y éxitos se hace vívida en sus páginas. Sus miedos, preguntas, las experiencias de falta de humanidad o egoísmo, muestran sin miramientos hasta dónde podemos llegar cuando ahondamos en nuestras oscuridades.

En ese aspecto, también es recomendable, La lengua del Tercer Reich, del filólogo alemán Victor Klemperer o La arena entre los dedos, diarios de la filósofa Chantal Maillard. En fin, ninguno de estos libros es de lectura fácil, en el sentido de que obliga al lector a inquietarse, hacer una lectura crítica, a cuestionar su propia forma de pensar. Y me parece que necesitamos mucha reflexión hoy en día, detenernos a pensar para dónde cresta vamos.

¿Qué libro le regalarías hoy a una niña o un niño que necesita descubrir una nueva forma de mirar el mundo?

No me gusta mucho reducir los universos lectores, ya lo he dicho, porque creo firmemente que la lectura es tremendamente personal y que los libros nos hablan al oído, generan una conversación de a dos, entonces, puedes dar un mismo libro en un salón de clases y si son 20, 30 o 40 niñas o niños, tendrás 20, 30 o 40 opiniones distintas.

Pero, voy a responder por mí, pues cuando chica me hubiese gustado leer Mi pequeño, de Germano Zullo y Albertine; El ángel del abuelo, de Jutta Bauer; Matador de Wander Piroli y Odilon Moraes y, especialmente, Pas belle de Claude K.Dubois, un libro muy bonito que habla sobre autoestima o autopercepción, una temática cada vez más gravitante en el universo infantil y adolescente, sobre todo, con la masificación de las redes sociales. Claro que todavía no tiene traducción al castellano, pero debiera tenerla.

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